Referencia veestuarioescenico
Poiret se aseguró un escándalo de inmejorables repercusiones publicitarias al presentar en 1911 su falda pantalón, que recibió la condenación del Papa Pío X. A este emblemático diseñador del tránsito de la “Belle Époque” a los cambios de los años 20, muchos autores le dan el crédito de haber liberado a la mujer del corset…ellas lo hicieron por deseo propio y no sería la primera vez, pues la ausencia casi total de ropa interior fue algo que caracterizó la moda ‘a la antigüedad clásica’ del Directorio…sin existir aún la figura reconocida del ‘modisto’.
Sin embargo, si algo fue novedoso dentro de las propuestas de Poiret sería la introducción de los pantalones dentro de los conjuntos de inspiración oriental….Ya fueran en versión ‘bombachos’ o como pantalones rectos, a la manera china…Aunque este estilo no se generalizó, no queda duda que suponía una verdadera liberación para la mujer al independizar sus piernas..

Este estilo, que incluía pantalones como parte del conjunto femenino, era una variante del estilo lanzado un año antes, en 1910: la falda trabajada. Parte del ‘look’ de inspiración oriental, muy recreado en la forma y el adorno, era la falda amplia en caderas y estrecha en los tobillos, que obligaba a las mujeres a ir dando pequeños pasitos. Aunque parezca contradictorio y a pesar de lo incómodo de este estilo, muchas mujeres lo adoptaron.

Las caricaturas, críticas y sátiras a esta moda no afectaron a Poiret, que siguió vistiendo a la mujer a su antojo con caftanes, quimonos y pantalones bombachos, y cubriéndola con velos, túnicas y turbantes.
El lujo en todo su esplendor, bordados de vivos colores, puntillas de oro y plata, perlas y plumas. Lo oriental era el último grito tras el éxito en 1909 de los Ballets Rusos en París, que influenciaron en las artes, la moda y, en definitiva, el estilo de la década…

Referencia tendencybook
Poiret en siglo XIX sentenció: «La moda necesita un tirano» y cómo nadie ocupaba ese lugar decidió que sería el que cojiese la batuta.
Los padres de Poiret eran unos comerciantes de telas en el barrio parisino Les Halles, tal vez fue por ello que supo desde muy joven cuál era su vocación: ser artista.Contó con el apoyo incondicional de su madre y de sus tres hermanas pero su padre se resistió a sus encantos obligándolo a permanecer hasta culminar el bachillerato, además, con la intención de que conociera lo dura que es la vida, lo obligó a trabajar de recadero para uno de sus amigos cuyo oficio era paragüero.

En unas de sus memorias se extrajo: «Quizás olvidara lavarme una que otra vez, pero el cuello blanco de la camisa me lo cambiaba a diario», y es que Poiret era un fiel defensor de que la apariencia externa era lo que realmente importaba. De su trabajo junto al paragüero solo aprovechó lo que le daba alegría a su alma y eran los retales de seda. Con estos retazos confeccionaba en su casa extravagantes creaciones que drapeaba en un pequeño maniquí de madera, regalo de sus hermanas quienes se entretenían embelesadas mirándolo crear.
Por suerte para Paul, aún había mujeres que creían en su talento, es por ello que su madre le dio 50000 francos para que se independizara y en 1903 estableció su primer salón de moda. Rejane, una actriz muy aclamada para este entonces, dejó a Doucet para convertirse en su primera cliente.
Tres años después Paul Poiret era ya una estrella y en sus fiestas se reunía lo más selecto de París. Este artista de la moda se preciaba y con razón de haberle declarado la guerra al corsé, pero su revolucionaria hazaña solo respondía a una necesidad puramente estética. La visión del cuerpo femenino en un prominente busto por delante y una poderosa trasera por atrás le parecía absolutamente ridícula. En 1906 diseñó un vestido sobrio y estrecho cuya falda comenzaba justo por debajo del pecho y caía completamente recta hasta el suelo, creando una línea que lo haría inmortal. A esta creación la bautizó como «La Vage» porque recubría el cuerpo como una suave ola.

El hombre de la batuta de la moda no sólo liberó a las mujeres del agotador corsé, sino que lo sustituyó por sostenes más flexibles y ligeros porta-ligas, lo que hacía a las mujeres parecer más jóvenes. Además, desterró las medias negras y despertó en mujeres y hombres la ilusión de las piernas desnudas al envolverlas en seda de color carne.
Como un hombre de excesos se encontró con su primer desacierto y es que en 1910 concibió la falda trabada que obligaba a las mujeres a caminar dando pequeños saltitos y entre risas aseguraba: «He liberado sus torsos, pero les he atado las piernas».
En 1911 Poiret organizó «Las 1002 noches», uno de los bailes de disfraces más legendarios del siglo XX y en el cual se desdibujaba la ropa de los disfraces. Poiret fue un hombre extravagante y despilfarrador que además de organizar grandes eventos, fundó una escuela de artes aplicadas donde se diseñaban muebles y tejidos; viajó por todo el mundo haciéndose con grandes ideas allí donde iba y fue el primer modisto que sacó su propio perfume y para 1911 fue nuevamente motivo de escándalo al sacar su falda pantalón condenada incluso por el mismísimo papa Pio X. Ese mismo año fundó un taller donde se estamparon elegantes sedas para la confección con diseños de Raoul Dufy, una auténtica revolución del diseño textil.

Maravilloso diseñador, pero no un visionario. Poiret vivía en su tiempo que fue el que precedió a la primera guerra mundial, A su regreso del frente en 1918 encontró la vida completamente cambiada.
En busca de lograr recuperar a su antigua clientela, Paul se endeudó con medio millón de francos al ofrecer grandes fiestas. Sin embargo, encontró financiadores que se aprovecharon de su genio y a su vez someterlo a las reglas del mercado. Sintiéndose humillado se sentó a esperar su oportunidad de tomar de nuevo su trono como el rey de los modistos, oportunidad que le llegó en 1925 con la exposición Art Deco para la que Poiret decoró tres barcazas con sus diseños: una como restaurante de lujo, otra como salón de costura y la tercera como boutique de perfumes, accesorios y muebles.
Finalmente, Paul Poiret muere en 1944 pobre y arruinado luego de retirarse de mala gana cuando su mujer Denise decide abandonarlo. Sus últimos años se dedicó a la pintura.


